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¡Qué anciana seré … Deseos!

¡Qué anciana seré ... Deseos!

Tiempo de lectura: 6 minutos

He reconocido en las personas mayores que me preocupan que la vejez es un gran encuentro con uno mismo, y me pregunto: ¿qué vieja seré?

Hace siete años me encontré entrando en una realidad en la que, como es natural, ya estaba inserto, pero que nunca me había parado a pensar ni siquiera a analizar: la vejez y el proceso de envejecimiento. Ha sido bastante costoso pensar en mi proceso de envejecimiento después de que empecé a trabajar en una residencia de ancianos, ya que el proceso de envejecimiento siempre ha sido algo natural en mi vida, que estuvo presente en la vieja familia, amigos, conocidos y que en Desde mi punto de vista, siempre ha sido un proceso normal, que es parte de la vida.

En mi vida, pude reconocer que el envejecimiento es un gran cambio para cualquier individuo. A veces se experimentaba con disrupciones repentinas como pérdidas cognitivas o físicas, pero otras veces el envejecimiento llegaba como una continuidad, sin grandes disrupciones, sino como una simple sucesión de días, meses, años. Lo que vi fue una rutina de vida, todo siempre igual, nada muy diferente, pero siempre con un gran aprecio por parte de la familia, un reconocimiento al bagaje de la vida, a la sabiduría adquirida en estos largos años de vida.

Trabajar en una zona residencial me trajo una nueva visión, un nuevo ángulo, que a menudo es más doloroso, más doloroso, que puede estar relacionado con el momento en que la sociedad de hoy ya no es capaz de cuidar a sus ancianos en casa, ya sea porque l existen demandas que muchas veces son patológicas, ya sea porque requieren cuidados que una familia no tiene, o no se siente capaz de brindar, o simplemente no quiere estar juntos en esta experiencia.

Y luego es el momento de tomar una decisión: institucionalizar lo viejo. En general, esta decisión puede ser muy beneficiosa, pacífica o muy dolorosa para la persona que la experimenta. Si para un joven adulto los procesos de cambio ya no son fáciles, para el mayor puede ser aún más difícil por el arraigo, hábitos, costumbres que se van perdiendo de un día para otro, sin tener en cuenta sus historias, momentos o tradiciones.

Se encuentra en una casa nueva, pero esa no es la suya, sin su intimidad, al fin y al cabo, allí también viven otras personas, por no hablar de los equipos, las visitas, el ritmo propio de la institución. En esto, lo personal, personal, se acaba perdiendo. Se establecen nuevas rutinas y ritmos y aparece un nuevo momento en la vida de este anciano. Acompañar estos procesos habitacionales en un residencial, ya sea por causas patológicas o no, se ha vuelto para mí muchas veces dolido, sufrido y muchas veces muy rico, y requiere una delicadeza de mirar que no es fácil, y no se enseña en los escolares escolares.

Pasas por un solo día por varios procesos de envejecimiento, que envejece de manera saludable, que por la mañana te habla de manera relacionada y por la tarde ni te acuerdas de quién eres, lo que nunca supiste quién eres. , de todos modos, una variedad de personalidades y momentos.

De esta experiencia surge la pregunta: ¿Cómo quiero envejecer? ¿Qué anciana seré? Este es un desafío que se impone, que se me plantea a diario, unos días de forma más suave, más gentil y otros días de forma más agresiva, más cruda.

En el pasado, mi deseo y pedirle a Dios era poder ser una persona longeva, pero cuando pedí esa longevidad, en mi cabeza estaba implícita la calidad de vida, y hoy entiendo que la longevidad no siempre va acompañada de salud, autonomía o, como me gusta pensar, calidad de salud y de vida.

Entonces aquí viene mi primer deseo para mi vejez en progreso. No quiero ser longevo, quiero años de autonomía, salud, libertad, no importa si son pocos, pero son de altísima calidad, pero si llega el momento de dejarme cuidar, ser los cuidadores (pacientes, delicados y tranquilos)) y mis hijos. Sí, ese es mi deseo, mis hijos cuidándome, riéndose de mis tonterías, abrazándome, acariciándome, cumpliendo mis deseos y llevándome a caminar, a vivir, sin importar mi estado físico o mental, que sea divertido. Quiero que me cuiden y me respeten para saber si les enseñé a cuidar y respetar al otro, sin importar si el otro es la madre que conocieron, o si me convertí en otra persona en el mismo cuerpo ahora envejecido.

Mi segundo deseo está relacionado con la aceptación de mi envejecimiento en cuanto al registro corporal, el que aporta las características de la vejez: canas, o calvicie, arrugas, etc. Quiero llevarme esas marcas de vida, pero con el gran gusto y la belleza que me puedan aportar, sigan siendo vanidosas, pero sin perder lo que me presenta (MESSY, 1999, p. 25).

A veces me pregunto si envejecer es un privilegio o un problema. Y creo que cada día que pasa, el envejecimiento es un proceso único y exclusivo para cada persona, pero al mismo tiempo es un fenómeno familiar, ya que en general nadie lo atraviesa solo.

Pero volviendo a mis deseos, recordé que me encanta comer, beber, viajar, vivir, para que mis hijos y cuidadores no me priven de estas alegrías, y lo siento, pero no creo que puedan acortar. mis días de existencia, o mejor dicho, la vida. Y hablando de existencia, no me basta con existir, tengo que vivir, y vivir significa disfrutar (la vida) en su máxima expresión, así que nada que me llene de tubos y dispositivos que intentarán que mi cuerpo funcione, sin que pueda levantarme de la cama.

La muerte nunca fue un problema para mí, la veo como parte de esta vida, y confieso que tengo mucha curiosidad por conocerla (en el momento adecuado, claro). Recuerdo haber leído una definición que me toca mucho sobre la muerte. Dijo que si la muerte es un encuentro con los que ya se fueron será una gran alegría, pero si es como una noche de sueño de la que no recordamos nada, también será buena. Volviendo al envejecimiento, he reconocido en los ancianos que me preocupan, que la vejez es un gran encuentro con uno mismo, y sólo los que participan en este encuentro están abiertos a cosechar verdades dulces y amargas.

Quiero dar la bienvenida a la vejez a mi vida diaria de una manera natural, como alguien que acoge los acontecimientos de cada día, que pueda cosechar mi envejecimiento diario como quien coge frutos de un árbol, y que después de ser recogido pueda saborear y agradecerles por ellos. Que pueda vivir con libertad la experiencia que me han traído estos años, ya que la jovialidad no es rica en experiencia como afirma Pinsky (2003, p.7): “Si los jóvenes tienen la piel más tersa y más vigor, pierden experiencia y en tolerancia, e incluso el mito de la creatividad exclusivamente juvenil, puede ser cuestionado por hombres que hicieron sus descubrimientos o crearon sus obras en la vejez, como Goethe, Leonardo da Vinci e incluso Albert Sabin ”.

Para mí la vejez o la palabra viejo no viene con sentido de descarte, algo que ya no sirve, ni siquiera algo estereotipado y prejuicioso como vemos en muchas investigaciones científicas que intentan definir este proceso. […] Neri (1991), señala que “lo que hay en relación a lo que significa ser viejo en Brasil son opiniones. Y muchos. Laicos y profesionales. Si quienes responden a la pregunta tienen una pizca de información o sofisticación intelectual, pueden repetir Simone de Beauvoir (1970), y decir que el viejo brasileño vive una situación escandalosa. Podrá apoyarse en el discurso sociológico para señalar la situación marginal a la que el sistema económico arroja a sus miembros no productivos;

Apoyado en un discurso antropológico, nuestro informante un poco más sofisticado puede referirse a los efectos de la urbanización y la industrialización sobre el estatus del anciano, recordando que en las sociedades primitivas, él merece más consideración que en aquellos que han vivido o viven en el proceso de modernización ( página 32. Énfasis del autor).

Pienso en una definición de viejo, más como la de continuidad, un proceso natural de la vida y que si depende de mis deseos, será un momento para dar fruto, madurar, saciar a los demás y podar, todo esto para generar vida en los que están cerca y el que esté dispuesto a estar y estar conmigo en mi vejez.
Referencias
MESSY, J. El anciano no existe. Un enfoque psicoanalítico de la vejez. Traducción: José Souza y Mello Wernek. São Paulo: ALEPH, 1999.
NERI, AL Envejecer en un país de jóvenes. Significados de viejo y anciano según brasileños no ancianos. Campinas: Editora da UNICAMP, 1991.

PINSKI, J. (Org.). 12 caras del prejuicio. São Paulo: Contexto, 2011.